Hoy quiero compartir un caso clínico muy interesante: un gatito de 5 meses diagnosticado con peritonitis infecciosa húmeda. Antes de entrar en detalles sobre nuestro paciente, haré un breve resumen del causante de esta temida enfermedad.
La peritonitis infecciosa felina (PIF) es una afección grave en gatos provocada por un virus conocido como coronavirus felino (FCoV). Existen dos tipos de este virus: uno más común y generalmente inofensivo que afecta el intestino, y otro que ha sufrido una mutación y puede causar PIF. La enfermedad se desarrolla cuando el coronavirus intestinal se muta dentro del organismo del gato, permitiendo que esta forma mutada infecte las células del sistema inmune, lo que desencadena una respuesta inflamatoria severa.
La PIF se manifiesta principalmente en dos formas:
- Forma húmeda o exudativa: Se caracteriza por la acumulación de líquido en cavidades como el abdomen o el pecho, lo que puede causar síntomas como hinchazón abdominal, dificultad para respirar y fiebre persistente.
- Forma seca o no exudativa: En este caso, no hay acumulación de líquidos, pero se forman granulomas (masas de células inflamatorias) en varios órganos, afectando su funcionamiento. Los síntomas son más variados e incluyen fiebre, pérdida de peso, ictericia y signos neurológicos si se ve afectado el cerebro.
La PIF es especialmente peligrosa debido a la complejidad de su diagnóstico y tratamiento, y la enfermedad suele ser mortal si no se detecta a tiempo. Aunque en los últimos años se han desarrollado algunos tratamientos prometedores, la prevención sigue siendo fundamental. Esto implica reducir el estrés y mantener buenas prácticas de higiene en los entornos donde habitan varios gatos, para minimizar la propagación del coronavirus felino.
Ahora que ya tenéis una idea más clara sobre esta enfermedad, pasemos a hablar de nuestro paciente. Acudió a consulta un Scottish Fold de 5 meses de edad, que presentaba anorexia, decaimiento y disnea. Es un gato indoor, correctamente vacunado y adquirido a través de un criador. Tras la anamnesis, procedimos a realizar la exploración física:
- Estado mental: alerta.
- Temperatura: 39,2 °C.
- Mucosas: rosadas, con tiempo de relleno capilar inferior a dos segundos.
- Auscultación torácica: sin hallazgos significativos.
- Buen estado de hidratación; condición corporal: 3/5.
A continuación, comenzamos con las pruebas complementarias:
- Radiografía: Realizamos dos proyecciones torácicas, una ventrodorsal y otra laterolateral, donde descubrimos la presencia de una efusión pleural.

Radiografía torácica VD 
Radiografía torácica LL - Ecografía torácica
: Para obtener una muestra de la efusión pleural.

Ecografía torácica con presencia de efusión pleural. - Análisis
: Un hemograma reveló leucocitosis moderada con neutrofilia y monocitosis. La bioquímica mostró solo una leve hiperglucemia de estrés.

Hemograma de nuestro paciente donde se aprecia una leucocitosis con neutrofilia y monocitosis.

Con estas pruebas realizadas, comenzamos a sospechar que la causa de la enfermedad era infecciosa. Nuestros principales sospechosos eran el PIF y la leucemia felina, por lo que procedimos a realizar el test rápido FIV/FELV, el cual resultó negativo. Al descartar FELV, realizamos el Test de Rivalta con la muestra de la efusión pleural, resultando positivo.
Como ya mencioné en el resumen, el diagnóstico de PIF puede ser muy complejo. Ante la sospecha de PIF, es crucial realizar el Test de Rivalta, que es una prueba simple, rápida y económica. Esta prueba nos ayuda a diferenciar trasudados de exudados (PIF, linfoma, exudado séptico). Una reacción positiva indica un alto contenido proteico y la presencia de mediadores inflamatorios y fibrinógenos en el líquido.

El ratio albúmina/globulina de la bioquímica también puede ser útil, aunque no determinante. Un ratio superior a 0,8 sugiere que el PIF es poco probable, mientras que un ratio entre de 0,8 a 0,3 indica que puede ser probable y un ratio inferior a 0,3 indica que el PIF es muy probable. En nuestro paciente, el ratio se situó en 0,7.
Suelo realizar una citología de la muestra de la efusión, ya que su composición también puede ayudar al diagnóstico. En casos de PIF, se espera un alto contenido proteico (>3 g/dl), una baja celularidad (con presencia de algunos neutrófilos degenerados y macrófagos) y un líquido aséptico, sin bacterias.
Con toda esta batería de pruebas, podemos tener una alta sospecha de PIF; sin embargo, necesitamos algo más concluyente. Así que enviamos una muestra de la efusión pleural al laboratorio para realizar una PCR de PIF. La utilidad de la PCR en efusiones pleurales es que un resultado positivo tiene un alto valor diagnóstico, especialmente en gatos con signos clínicos compatibles, como fiebre persistente, acumulación de líquidos y pérdida de peso. Sin embargo, un resultado negativo no descarta la PIF, ya que puede que la cantidad de virus en la efusión no sea suficiente para ser detectada, o que el virus esté localizado en tejidos específicos y no en el líquido. También hay falsos positivos, aunque son poco comunes si la PCR se realiza en efusiones y se combina con análisis clínicos adecuados.
En nuestro paciente, la PCR dio positivo para la mutación S1060A. Las mutaciones M1058L y S1060A son las más estudiadas, ya que están relacionadas con cambios en la proteína de espiga, lo que es crucial para la capacidad del virus de infectar macrófagos y diseminarse sistémicamente. Sin embargo, el desarrollo de PIF es un proceso multifactorial que puede involucrar múltiples mutaciones en diferentes partes del genoma viral, no solo estas dos específicas. Otras mutaciones identificadas incluyen aquellas en el gen de la proteína de espiga, así como en otros genes virales como el 3c y el ORF1a.

Una vez que tenemos el diagnóstico definitivo, podemos iniciar el tratamiento. Hasta hace poco, no existía tratamiento para la PIF, que se consideraba una enfermedad letal. Sin embargo, ahora contamos con una herramienta eficaz que ha salvado la vida de muchos gatos positivos a PIF: el GS-441524. Este antiviral, derivado del nucleósido adenosina, actúa inhibiendo la replicación del ARN viral, impidiendo la propagación del virus en el organismo y ayudando a reducir los síntomas de la PIF.
El tratamiento suele durar entre 8 y 12 semanas, aunque puede extenderse según la gravedad y la respuesta individual del gato, con tasas de supervivencia del 80-90% en aquellos tratados tempranamente. Aunque es generalmente seguro, algunos efectos secundarios pueden incluir dolor en el lugar de inyección y, en raras ocasiones, toxicidad hepática o renal.
Actualmente, nuestro paciente está evolucionando favorablemente, aunque aún no ha completado el tratamiento, por lo que tendremos que esperar un poco más para evaluar su evolución.
En otro artículo, hablaré con más detalle sobre este nuevo tratamiento que, sin duda, está siendo muy prometedor.
