Ser veterinario es una vocación. Desde pequeños, muchos soñamos con cuidar y salvar animales, con aliviar su sufrimiento y mejorar su calidad de vida. Sin embargo, lo que la mayoría de la gente no ve es el sacrificio que implica esta profesión y la falta de reconocimiento con la que, a menudo, nos encontramos.
Cada vez es más común que los veterinarios seamos señalados como personas cuyo único interés es el dinero. Se nos acusa de querer lucrarnos a costa del bienestar animal, como si nuestra motivación principal fuera económica y no el amor por nuestra profesión. Esta visión es profundamente injusta y desmoralizante para quienes dedicamos nuestra vida a la medicina veterinaria.
Para convertirnos en veterinarios, estudiamos intensamente durante años en la universidad, adquiriendo conocimientos complejos que abarcan múltiples especies y sistemas fisiológicos. Una vez graduados, la formación no se detiene: invertimos tiempo y dinero en especializarnos, en asistir a congresos y en mantenernos actualizados con los avances médicos. Todo esto lo hacemos de nuestro propio bolsillo, con un esfuerzo que pocas profesiones exigen y sin que ello se traduzca en un reconocimiento económico justo.

A pesar de la alta preparación que requiere nuestro trabajo, los veterinarios somos de los profesionales peor pagados y con menor estabilidad laboral. La gran mayoría trabajamos en turnos extenuantes, lidiamos con emergencias, noches sin dormir y la carga emocional de enfrentar enfermedades terminales y eutanasias. No es de extrañar que nuestra profesión tenga una de las tasas más altas de depresión y suicidio. La presión emocional y económica, sumada a la falta de aprecio por nuestro trabajo, está agotando a muchos compañeros.
Es importante recordar que, aunque amemos nuestra profesión, es un trabajo como cualquier otro. Tenemos los mismos gastos que cualquier persona: alquiler, facturas, comida, familia… Trabajamos por vocación, sí, pero también porque necesitamos vivir. No se espera que un médico, un abogado o un arquitecto trabajen gratis por el bien de la sociedad; entonces, ¿por qué se espera eso de los veterinarios?
La sociedad debe cambiar su percepción sobre nuestra profesión. Necesitamos respeto, reconocimiento y, sobre todo, comprensión. No somos comerciantes de la salud animal, somos médicos con un profundo sentido del deber y con una responsabilidad enorme sobre nuestros hombros. Apreciar el esfuerzo, valorar nuestro trabajo y entender que también tenemos derecho a una vida digna es el primer paso para construir una relación más justa entre los veterinarios y la sociedad.

